CÓMO ENFRIAR EL VINO SIN ALTERAR SU SABOR

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El verano ya está aquí. Es un hecho. Y encima se ha traído consigo la primera ola de calor de la temporada. Ante las altas temperaturas que estamos teniendo estos días, lo más importante es hidratarse bien. Pero a última hora del día, cuando queremos relajarnos un rato, un vino es una buena alternativa.

‘Es que con el calor no me apetece tomar vino’, es una frase bastante habitual por estas fechas. O, como mucho, a la mayoría les apetece un vino blanco o rosado bien fresquito. Pero ¿qué pasa si llegamos a casa y no tenemos vino en la nevera? ¿O si queremos un vino tinto pero la botella no está a la temperatura de servicio adecuada?

Existen algunos remedios rápidos y caseros para poder salir del paso sin que tengas que renunciar a tu copa de vino. Aquí tienes algunos.

La clásica cubitera con hielo

No tiene ningún misterio y es la mejor forma de que el vino se enfríe rápidamente sin ver alterados ni su sabor ni sus propiedades. Con hielos y agua muy fría, en unos 15 minutos el vino estará listo para servir.

Además, si 15 minutos te parece mucho, es posible acelerar el proceso. Solo hay que añadir un poco de sal al agua y listo.

Toalla húmeda o papel de cocina mojado

Si te faltan hielos en casa, este método funciona igual de bien que el anterior. Sea con una toalla húmeda o con bien de papel de cocina empapado en agua, envuelves la botella y en 15 minutos la tendrás lista para tomar.

Para los menos puristas: con hielo

Cada vez hay más gente que opta por echar hielo en sus copas de vino al igual que se hace con la mayoría de bebidas. No hace falta decir que es la peor de las opciones ya que, al deshacerse, los hielos aguarán el vino y este perderá completamente sus propiedades.

Si te gusta esta opción, pero no quieres que el vino se agüe, puedes usar cubitos de hielo de silicona o incluso de acero. También pueden modificar un poco el sabor del vino por el contacto con otros materiales, pero al menos mantendrá intactas el resto de propiedades.

Para los más originales: uvas congeladas

Esta es la opción más curiosa y, a la vez, seguramente la más complicada porque implica una gestión previa. Se trata de tener uvas congeladas para poder usarlas como cubitos de hielo. De esta forma no se ahoga la bebida ni se modifica su sabor y, además, cuando te acabes el vino, tendrás premio.