Cómo preparar el aperitivo perfecto: vinos para compartir (y alguna excusa para alargar la conversión)

aperitivo perfecto

Hay dos tipos de personas en verano: las que dicen «tomamos solo un aperitivo» y las que, dos horas después, siguen debatiendo si pedir otra ronda de aceitunas. Si te reconoces en el segundo grupo, enhorabuena: has entendido el verdadero espíritu del aperitivo. Porque el aperitivo no consiste únicamente en abrir una botella y sacar unas patatas fritas (aunque, seamos sinceros, unas buenas patatas nunca sobran). Es ese momento en el que el reloj pierde importancia, aparecen amigos que «sólo pasaban a saludar» y una copa de vino acaba dando pie a una comida improvisada.

Y si algo puede hacer que ese momento sea todavía mejor, es elegir el vino adecuado. ¡Vamos a ello!

El vermut: el rey indiscutible del «sólo una copa»

Si existe una bebida capaz de inaugurar oficialmente el fin de semana, esa es el vermut. Servido bien fresquito, con hielo y una rodaja de naranja o limón, acompaña de maravilla a las aceitunas, las gildas, los boquerones en vinagre, las conservas o unos sencillos frutos secos. Su equilibrio entre dulzor, amargor y aromas de hierbas despierta el apetito y prepara el paladar para lo que venga después.

Además, mientras uno se toma un vermut puede colaborar por una buena causa: ¿conoces nuestro vermut solidario Musugorri? Se elabora de manera tradicional y 100% natural en La Secuita (Tarragona) con 30 botánicos y cada vez que lo disfrutas, ayudas a las asociaciones que recaudan fondos para la investigación del cáncer infantil en el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona.

Eso sí: cuidado con la frase «sólo uno». Tiene exactamente la misma credibilidad que «nos vamos pronto».

Espumosos: porque las burbujas no necesitan una excusa

Durante demasiado tiempo hemos reservado los espumosos para Navidad, cumpleaños o grandes celebraciones. Una injusticia gastronómica que tenemos que desterrar, sin duda.

Un buen espumoso es uno de los vinos más versátiles para un aperitivo de verano. Sus burbujas refrescan, limpian el paladar y combinan con una sorprendente variedad de tapas: gambas, ostras, sushi, croquetas, tempuras, quesos suaves… e incluso unas patatas chips de calidad.

Servido entre 6 y 8 ºC, convierte cualquier reunión informal en una pequeña celebración. Aunque la única noticia importante sea que, por fin, nadie tiene que madrugar al día siguiente.

Blancos frescos: el comodín que nunca falla

Si el verano tuviera banda sonora, probablemente sonaría con una copa de vino blanco en la mano. Los blancos jóvenes, frescos y aromáticos acompañan perfectamente ensaladillas, pescados marinados, mejillones, navajas, pulpo, verduras a la plancha o una buena tortilla de patatas recién hecha.

¿La clave? No servirlos excesivamente fríos. Entre 8 y 10 ºC es suficiente para que resulten refrescantes sin esconder todos esos aromas que hacen interesante cada copa.

Y sí, también está permitido repetir.

Rosados: mucho más que el color del verano

Hubo un tiempo en el que el rosado parecía tener que justificarse constantemente. Otra injusticia gastronómica, pero, por suerte, eso ya es historia. Hoy sabemos que son vinos frescos, gastronómicos y extraordinariamente versátiles. Funcionan de maravilla con embutidos, quesos, pizzas artesanas, arroces ligeros, empanadas o recetas con tomate. Además, tienen otra gran virtud: suelen gustar tanto a quien bebe vino habitualmente como a quien simplemente quiere disfrutar de una copa fresca mientras charla al sol.

En otras palabras: son excelentes mediadores cuando nadie consigue ponerse de acuerdo sobre qué botella abrir. ¡Apuesta por ellos!

¿Tintos en verano? También tienen algo que decir

Sí, los tintos también pueden sentarse a la mesa del aperitivo.

Eso sí, conviene elegir vinos jóvenes, ligeros y con buena acidez, servidos ligeramente frescos, alrededor de 14 o 15 ºC. Son perfectos para acompañar embutidos ibéricos, quesos curados, carnes frías o una coca de recapte.

No todos los tintos están hechos para una tarde de agosto, igual que no todos los bañadores favorecen. Elegir bien marca la diferencia.

No obstante, más allá de cualquier elección, hay un ingrediente que nunca falla: compartir la mesa. Un aperitivo perfecto no necesita una vajilla impecable ni una larga lista de recetas. Basta con buenos productos, varias botellas para descubrir estilos diferentes y alguien que diga aquello de «¿abrimos otra?». Porque, casi siempre, las mejores conversaciones empiezan antes de la comida… y terminan bastante después del café.